Ken Loach dispara al negocio de la guerra

El cine de Ken Loach siempre da lo mejor de sí cuando sus tramas tienen lugar dentro de las islas británicas. Películas del calibre de `Kess´ (1969), `Riff- Raff´ (1990) o `Lloviendo piedras´ (1993) resultan más veraces y conmovedoras que aquellas otras -como `Tierra y libertad´ (1995), `La canción de Carla´ (1996) y `Pan y rosas´ (2000)- que tienen lugar en países más o menos alejados del radio de acción habitual en el director inglés.

`Route Irish´ se sitúa en un particular término medio entre ambas corrientes. Gran parte de la trama transcurre en Liverpool, aunque parte de los hechos que investiga el protagonista, un mercenario retirado, tengan lugar en Irak. De hecho, la ruta irlandesa a la que hace referencia el título del largometraje es la carretera que une el aeropuerto de Bagdad con la zona verde, el sector ultraprotegido de la capital del país asiático.

En la denominada Avenida de la muerte fue donde murió Frankie (John Bishop), un ex paracaidista que acudió a Irak por dos motivos: ganar dinero como mercenario y luchar junto a Fergus (Mark Womack), su amigo del alma. Será precisamente su camarada el que iniciará una investigación para dilucidar cuáles fueron las verdaderas causas del fallecimiento de su casi inseparable compañero. Pronto descubrirá que Frankie murió cuando intentaba denunciar los excesos de otro “contratista extranjero”.

Loach y Paul Laverty, su guionista habitual, optan por combinar la trama casi detectivesca que inicia Fergus en Liverpool con los flashbacks y grabaciones que tienen lugar en Bagdad para mostrarnos tanto el mundo más o menos tranquilo de la ciudad inglesa como las bestialidades cometidas por los ejércitos extranjeros y los mercenarios en territorio iraquí. Sin embargo, el director británico no consigue alcanzar la misma intensidad en ambas facetas.

Todas aquellas imágenes de guerra y la investigación resultan bastante menos interesantes y efectivas que el retrato de Fergus, un contratista retirado que se ha convertido en un ser violento y solitario después de competir en varios conflictos armados. Ni el consuelo que le aporta la pareja de su colega (Andrea Lowe) fallecido parece calmarle. Es precisamente ahí, cuando el director se acerca a los efectos nocivos de la guerra en aquellos que participan en ella de una u otra manera, donde el largometraje alcanza sus mejores momentos.

La trama detectivesca y los juicios más o menos explícitos sobre los desmanes del ejército norteamericano y los mercenarios quedan entonces empequeñecidos ante el drama personal que existe en todos aquellos que han vivido un conflicto armado.

Con su habitual estilo casi documental y su magistral dirección de actores, el director inglés vuelve a demostrar que su cine gana intensidad cuando sus historias se acercan a los sentimientos de sus torturados personajes y se alejan de la arenga política.

Crítica de cine por @JVallejoHeran para Coveritmedia.