Philip Glass resucita a Walt Disney en la ópera ‘El americano perfecto’

El mundo de la cultura mira estos días hacia Madrid. En la capital, se ultiman todos los detalles de la nueva ópera de Philip Glass (Baltimore, 1937), ‘El americano perfecto’, basada en el libro de Peter Stephan Jungk (‘El ameriano perfecto. Tras la pista de Walt Disney’. Editorial Turner Noema) y que se estrena el martes 22 de enero.

Philip Glass Foto Javier del Real

A medida que avanzan los días, se conocen más y más detalles de la ópera, que reunirá a los críticos más importantes del mundo (Los Angeles Times y The New York Times ya se han acreditado) y a los melómanos más entusiastas del país.

Dicen que los músicos amateurs se atreven rápidamente a interpretar la música de Philip Glass, ya que, a primera vista, y con la partitura delante, los pasajes repetitivos típicos del autor americano parecen accesibles y enseguida se dejan escuchar. Justo de forma contraria reaccionan los músicos profesionales, que rehuyen de la partitura y se quejan de su complejidad, paradójicamente desapercibida por los primeros.

“La música de Philip Glass no perdona una nota en falso”, dice justamente Dennis R. Davies, el director musical de ‘El americano perfecto’.

De cualquier forma, el llamado representante de la música minimalista, es uno de los compositores más reputados de finales del siglo XX y principios del XXI. Con 24 óperas en su haber, 10 sinfonías, innumerables obras para piano, violonchelo, cámara y diferentes bandas sonoras de películas (‘El show de Truman’, ‘Las horas’ o ‘Kasandra’s dream’) continúa actualmente inmerso en la composición de obras.

Davies le compara con Beethoven en ese sentido, “porque a la vez tenía sobre la mesa la quinta, la sexta y la séptima sinfonía y las iba alternando en su composición al igual que hace Glass”.

“Trabaja muchísimo. Para esta ocasión, incluso cuando habían comenzado los ensayos, hizo modificaciones en la música. Tiene una forma de componer muy moderna, que implica un trabajo muy flexible e inmediato”, afirma.

La música de Glass gira de nuevo sobre una serie de notas que otros relegaron a un segundo plano. Glass las saca del trasfondo y las pone en un primer plano convirtiéndolas en el tema principal. Todo con un sentido esencial del tiempo y fragmentos largos que se repiten con cambios súbitos de ritmo.

La idea de Gerard Mortier
‘El perfecto americano’ supone la vuelta a su trilogía de retratos: ‘Einstein on the Beach’ (1979), ‘Satyagraha’ (1980), basada en la vida de Ghandi, y Akenatón (1984), las primeras óperas de Philip Glass.

Cuando el actual director artístico del Teatro Real, Gerard Mortier, estaba en la ópera de Nueva York (2007 – 2009) se le ocurrió que la novela de Jungk, basada en el gran Walt Disney, sería perfecta para una ópera de Glass y le dio a conocer el libro. El compositor aceptó el reto y contó con Rudy Wurlitzer para la realización del libreto. Finalmente, fue encargada y coproducida por el Teatro Real y la English National Opera, donde se presentará en el próximo mes junio.

‘El americano perfecto’ no es una biografía de Walt Disney, sino una serie de reflexiones sobre él a través de diferentes momentos de su vida. A su vez, en ella se ponen de relieve varios debates en torno a la creación artística.

“¿Quién es el genio que hay detrás de las creaciones? ¿Es Disney o eran los trabajadores que estaban allí como hormiguitas día tras día?”, plantea Phelim McDermott, el director escénico en la rueda de prensa previa al ensayo general.

Precisamente sobre ello ha hablado también el escritor de la novela, Peter Stephan Jungk.

“Me fascinó cómo Disney se apropiaba y consideraba suyo todo lo que creaba para él. Todas las creaciones que sus cientos de colaboradores elaboraban para él, las engullía el nombre de Walt Disney, perdiéndose en una especie de agujero cósmico. Todos los dibujantes que trabajan para Disney lo sabían desde el principio. En los contratos de trabajo, se detallaba incluso: `Si usted desea trabajar para nosotros, debe saber que su nombre será silenciado o saldrá en segundo plano´”, explica.

De parte de estos trabajadores se pone Wilhelm Dantine, un antiguo ilustrador austríaco que trabajó para Disney y que fue despedido injustamente. Obsesionado con su figura, investiga los últimos meses de vida del creador de la mayor industria de animación y se convierte así en personaje principal de esta ópera, que también crea una visión de América y del American Dream.

Abraham Lincoln y Andy Warhol
La partitura está estructurada en un prólogo, dos actos y un epílogo. El primer acto versa sobre el Walt Disney conocido por la gente y visto desde el exterior, en su entorno familiar. En él tiene lugar su diálogo con la estatua de Abraham Lincoln mientras suena música de la Guerra Civil.

En el segundo acto se aprecia el hombre desconocido, el hombre que tiene miedo a la muerte. En él aparece Andy Warhol, quién inspiró a Glass un colorido basado en su gama primaria.

En el escenario, se verán unas máquinas que quieren representar un estudio de cine, también una serie de imágenes oníricas. Un momento especial se dará en el aniversario de Walt Disney, para el que Glass ha creado una música de cumpleaños que no es la conocida por todos.

Tampoco faltarán los niños, porque “no se puede hacer una ópera de Walt Disney sin niños”, confiesa Davies. Aparecerán concretamente dos: un niño enfermo que coincide con él (su gran ídolo) en el hospital, y una niña que va a su casa durante la noche de Halloween.

Eso sí, en cuanto a la música, “no hay ninguna similitud entre la de las películas de Disney y la de Philip Glass”, afirma el director musical.

En cambio, en la escenografía, si cualquiera se fija quizás pueda ver enmascarados diferentes elementos de la gran factoría. Todo sin saltarse las potentes leyes impuestas por Disney, siempre tan celosa de las imágenes que han salido de sus estudios. | Reportaje por Ylenia Álvarez para Coveritmedia

Las fotos que confirman a Mick Jagger como mito vivo del rock

Durante los años 70, un dandi llamado Mick Jagger quiso mejorar una parte icónica de su anatomía. Dicen que el líder de los Rolling Stones deseaba aumentar el brillo de su boca. Acudió al dentista y se engastó una esmeralda en el incisivo superior derecho. Sin embargo, cuando enseñaba la dentadura, a muchos de sus fans se le caía el mito. Intuían en el diente del Stone… ¿restos de comida? Jagger cambió entonces la esmeralda por un rubí. Sin embargo, sus seguidores veían en dicho adorno algo así como una gota de sangre. El cantante decidió, finalmente, sustituir aquella gema por un pequeño diamante. En la foto que recoge esa decisión final, vemos a Jagger en un primer plano, con esa amplia y brillante sonrisa enmarcada por sus labios redondos e icónicos. El diamante también brilla.

La instantánea es del fotógrafo británico Brian Aris, quien toma un plano cerrado, omite la melena de Jagger y convierte labios y diamante en los centros de atención del espectador. Dicha foto forma parte de “Mick Jagger. El libro de fotos” (La Fábrica Editorial, 2011), libro de 72 retratos cronológicos que resumen los 50 años de vida profesional del cantante y compositor.

En él, un selecto grupo de fotógrafos nos muestran los años lampiños de Mick, su dandismo, sus gestos más camaleónicos y demoníacos, además de esa elegancia de Lord británico de los últimos años. Son un total de 36 fotógrafos los que retratan la mitología de Jagger. Están Andy Warhol, Annie Leibovitz, Peter Lindbergh o Anton Corbijn, incluso el mismísimo colega de profesión de Jagger, el canadiense Bryan Adams. Son ellos los que se sitúan detrás de la cámara y es Jagger quien da la pose para enseñarnos al mito.

Este recorrido fotográfico comienza en los años 60 y termina en la década de 2000. Vemos primero a Jagger, sentado en el suelo, en camiseta, con la mirada perdida y una botella de cerveza en la mano.

Es otra foto, esta vez de Gered Mankowitz, fotógrafo que cubrió entre bastidores, conciertos y sesiones de estudio a los Stones durante su gira americana de 1965. Eran los años del flower power, del pop y del folk. Y la instantánea nos dirige hacia un Jagger que aún tenía esa carita de niño bueno. En cambio, los fotógrafos de los años 70 incluidos en este libro explotan el lado más andrógino de Jagger, sus poses, su sexualidad.

Jagger el dandi, Jagger multiplicado por mil en las litografías de Andy Warhol. Incluso podemos apreciar fotos como la de David Montgomery. En una de ellas, Jagger está completamente desnudo, excepto con una foto falsete, tapando su trasero, y que era la portada recortada de una revista en la que aparecían sus tejanos.

“Las nalgas ceñidas por los pantalones tejanos que aparecen en la cubierta no son las de Mick Jagger, sino de Joe D’Alessandro, Jed Johnson, su gemelo Jay y Corey Tippin, pero nunca se desveló cuál de los cuatro fue el elegido”, cuenta Montgomery en la parte final de este libro.

O bien encontramos, además, la instantánea de Jagger, girándose con la camiseta azul, con el 45 en la espalda, boquiabierto, con sus labios redondos, en esa otra foto de Andy Warhol.

“Jamás la boca había sido tan grande ni sus contoneos tan exagerados; cerca estuvo su cuerpo de convertirse en marca registrada, como sus labios”, comenta el director de Les Rencontres d´Arles, François Hébel, en el prólogo del libro.

Créditos Imágenes:  La Fábrica Editorial, 2011